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Afrontar el duelo como una oportunidad de crecimiento personal

¿Cómo nos impide el duelo reconocer la nueva vida que surge y las manifestaciones del Resucitado en nuestra vida diaria?

La importancia de cerrar bien los duelos es un tema fundamental para los católicos, ya que nos ayuda a no quedar atrapados en el pasado y nos permite reconocer las nuevas oportunidades que se nos presentan. Vemos este concepto claramente en la figura de María Magdalena, quien llora desconsolada ante el sepulcro vacío de Jesús. Sus lágrimas representan el dolor de la pérdida y la sensación de haber sido privada de su mundo. La muerte de Jesús y la desaparición de su cuerpo la dejaron sin ningún sentido en la vida, y le arrebataron todo aquello que le devolvía la razón de existir.

Podemos identificarnos con María en muchas ocasiones, ya que generalmente lloramos por nosotros mismos y nos aferramos al dolor de la pérdida, en lugar de abrirnos a lo que está por nacer a través de esa pérdida. Es una realidad paradójica que nos cuesta creer que algo nuevo pueda surgir después de una pérdida. Nos cuesta asimilar lo nuevo y necesitamos referentes. La presencia de Jesús para María y los primeros discípulos fue sumamente significativa, porque les brindaba un sentido de su existencia. Sin embargo, su desaparición repentina los dejó sin tiempo para reaccionar. De manera similar, nosotros también lloramos la pérdida de determinadas imágenes de Dios y asistimos al duelo colectivo por el declive del cristianismo. Nos cuesta sostenernos en este vacío y la tristeza nos impide reconocer la nueva manifestación de lo Divino.

Los relatos de las apariciones son un testimonio de la irrupción de una presencia que es externa e interna al mismo tiempo. Estos relatos buscan abrirnos frente a la cerrazón, desplegarse frente al replegamiento, e impulsarnos frente a la inercia y regresión. Sin embargo, muchas veces nos resistimos a quedarnos sin imágenes de Dios y tendemos a retener aquello que nos era familiar. Esta resistencia nos priva de experimentar al Dios verdadero en toda su magnitud.

La resurrección de Jesús nos introduce en un dinamismo que apenas ha comenzado, y nos hace comprender que no podemos limitar a Dios con nuestras palabras, conceptos y formulaciones. La búsqueda y el re-descubrimiento de Dios no termina en esta vida, simplemente es un proceso continuo. Como decía el Papa Benedicto XVI, Dios no puede ser reducido a un objeto y no puede ser contenido completamente por nuestras palabras o conceptos. Sin embargo, la historia de la salvación es justamente la historia de Dios con la humanidad, es la historia de una relación en la que Dios se revela progresivamente al hombre.

En resumen, los duelos mal cerrados nos pueden privar de reconocer las nuevas oportunidades que se nos presentan. Así como María Magdalena lloraba frente al sepulcro vacío, es importante que nosotros también aprendamos a dejar ir aquello que ha desaparecido, para poder abrirnos a lo que está por nacer. La resurrección de Jesús nos muestra que no podemos limitar a Dios con nuestras palabras o conceptos, y nos invita a continuar nuestra búsqueda y re-descubrimiento de su rostro en esta vida y en la eternidad.

Con información de aleteia.org | Foto Créditos: Aleteia