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¿Cuál es el valor de cada hijo?

¿Cómo podemos entender el amor de una madre que ha perdido a su hijo antes de nacer?

El amor de una madre por su hijo es algo tan profundo y descomunal que resulta imposible medirlo. Solo aquellas mujeres que han experimentado el milagro de la maternidad pueden comprenderlo verdaderamente. Es un misterio sagrado que nos invita a reflexionar sobre la grandeza de este sentimiento.

Las mujeres que han perdido a sus hijos antes de nacer nos dan testimonio de la intensidad de este amor. Existen señales, como una inquietud especial o un silencio en el vientre, que anuncian el drama de la pérdida. Luego, los médicos, con mayor o menor delicadeza, dan la noticia que hiere profundamente: “El corazón de su hijo ha dejado de latir”. Quizás algunos análisis confirman la triste realidad, y entonces se extrae un cuerpo sin rostro, lleno de misterios, un hijo que tal vez nunca llegó a recibir un nombre.

Una mujer que había experimentado la pérdida de su primer hijo antes de nacer, con el corazón lleno de ternura y dolor, afirmaba: “Aunque mi hijo no tenga un rostro, y tal vez precisamente por eso, aunque no tenga un nombre, y tal vez precisamente por eso, mi primer hijo es sin duda el más guapo. Para mí, es la suma de la belleza, la dulzura y el amor de los otros tres hijos que nacieron después”.

Por supuesto, siempre habrá quienes critiquen y muestren indiferencia ante estas palabras. Argumentarán que es fácil amar a un hijo que no ha causado sufrimiento después del parto, que no se ha enfermado ni ha dejado a los padres desvelados por las noches. Sí, puede pensar ese crítico, ese hijo muerto antes de nacer es “bueno” porque no ha probado drogas ni ha cometido errores. Es fácil idealizar a alguien que ha fallecido sin experimentar grandes dolores ni sacrificios en el vientre materno durante un embarazo incierto.

Sin embargo, este crítico desconoce el sufrimiento de una madre por un hijo no nacido, así como la capacidad de una madre para soportar el sufrimiento de un hijo, aunque su nacimiento haya sido el comienzo de una serie interminable de problemas. El verdadero amor no se desvanece cuando el hijo llega al mundo con alguna anomalía física o mental, o cuando sufre una parálisis progresiva. El verdadero amor no se cansa cuando el niño llora todas las noches, moja la cama repetidamente o causa problemas en la escuela. El verdadero amor no puede denunciar a un hijo que comienza a robar el dinero de sus padres o cae en el oscuro mundo de las drogas. El verdadero amor llega incluso a la locura de esperar a que el hijo regrese después de cerrar la puerta y abandonar a sus padres, incluso si estos son ancianos, decidiendo vivir de manera independiente, sin gratitud, afecto ni cariño.

Es doloroso perder a un hijo antes de nacer o presenciar cómo un hijo desprecia y maltrata a sus padres. Pero hay algo aún más grande en una madre que sigue amando cuando no es correspondida. Su hijo siempre será “su” hijo, y el amor tiene una locura que escapa a la comprensión de jueces, médicos y psicólogos.

Quizás sea por eso que Dios nos sorprende. Nos ama como un Padre, nos ama como una Madre. Incluso cuando no obtiene nada a cambio, incluso cuando nos perdemos en nuestras envidias y complejos. Incluso cuando le damos la espalda y seguimos nuestro propio camino, como si Él no tuviera nada que ver con nosotros.

Aquellos que han intentado consolar a una madre que ha perdido a un amado hijo saben que las palabras son casi siempre inútiles. Ningún consejo puede llenar el vacío que solo el hijo ausente puede sanar. Del mismo modo, Dios no puede ser consolado, ya que sufre ante el abandono de aquellos que renuncian a la fe en busca de placer, dinero o egoísmo. Solo el regreso del hijo puede conmover el corazón de Dios. Solo en la vida eterna, una madre comprenderá que la muerte de su hijo más pequeño tenía un propósito en un proyecto mucho más grande, donde el amor fue capaz de vencer el pecado y la muerte.

Dios también es Madre. Aquellas madres que lloran por sus hijos fallecidos o ingratos pueden depositar sus lágrimas en el corazón de un Dios que las comprende, ya que Él también sufre, sin saber por qué ni cuánto, de manera similar a ellas.

Con información de es.catholic.net