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¿Qué es la imitación, el arma secreta para que los padres eduquen a sus hijos?

¿Por qué los hijos imitan a los padres? ¿Cómo podemos utilizar la imitación como herramienta de educación en la fe católica?

Los descendientes replican a los progenitores, de esto no hay duda. Cientos de estudios lo corroboran. Los hijos copian lo que observan y los padres deben utilizar esta herramienta con prudencia. El poder de la emulación es un arma poderosa y secreta para educar a los hijos, ya que estos aprenden a través del ejemplo que les brindamos mediante nuestras acciones. Las palabras son importantes, por supuesto, pero un gesto concreto realizado ante los ojos de los hijos vale más que mil palabras.

¿Por qué los hijos replican a los padres?

Los niños imitan a sus padres porque desean ser como ellos, los ven como sus modelos a seguir, la figura perfecta en su vida. ¿No te has percatado cuando te llaman “papito mío” o “mamita mía”? Los hijos anhelan aprender a ser el tipo de personas que desean ser cuando crezcan.

La imitación no es solo un juego de niños, es un proceso en el cual ellos van descubriendo su propia identidad a medida que crecen. Los hijos observan a los padres y los toman como modelos perfectos a seguir. Aprenden a comportarse frente a desconocidos, a entablar conversaciones, a hablar en público y a interactuar en su día a día con sus propios padres.

¿Cómo replican los hijos?

A la mayoría de los niños les encanta jugar a imitar las tareas del hogar. Pero en realidad, ellos están constantemente observando a sus padres, prestando atención incluso cuando estos creen que no lo hacen.

Muchos de los juegos que los hijos realizan se basan en fingir que van a trabajar. Se sientan en la silla donde su mamá o papá trabaja en la computadora y se hacen pasar por ellos. Utilizan una bolsa de supermercado y colocan juguetes que simulan frutas en la despensa. Les gusta jugar a cocinar, lavar la ropa, barrer el suelo. Cuidan de una muñeca y le hablan de la misma forma en que ellos son tratados. Incluso abren una tienda de supermercados y venden a los clientes.

Las niñas usan muñecas u ositos de peluche como sus bebés, los alimentan, les cambian la ropa, los bañan y crean historias donde las muñecas lloran y ellas las consuelan hasta que se duermen. Se visten con la ropa de sus padres, imitan su conversación, sus gestos y sobre todo, la forma en que los regañan a ellas.

Imitar a los padres: usa esta herramienta con responsabilidad.

Por lo tanto, los padres tienen la responsabilidad de dar siempre un buen ejemplo a través de buenas conversaciones, cuidando el lenguaje y la forma en que tratan a los demás. Esto es muy importante.

En el momento en que puedas, permite que tu hijo te observe haciendo oración y comunicándote con Dios. Los niños pequeños pueden que no digan nada, pero estarán procesando todo en su corazón.

Evita mostrar un comportamiento poco saludable frente a tus hijos, como arrebatos de ira, impaciencia, escarbar en la nariz, rascarte partes inapropiadas del cuerpo y usar un lenguaje grosero. Estas actitudes no son apropiadas para mostrarlas delante de un niño inocente, ya que él probablemente hará lo mismo cuando tenga la oportunidad.

Ejemplo de la imitación.

En el Blog de Dads.org, presentamos ahora una reflexión sobre el poder de la imitación de los hijos que pienso que puede servir para profundizar este mensaje.

Una vez, conscientemente, hice un experimento sobre “la influencia de la imitación”. Una de mis hijas se había clavado una astilla en el pie y yo necesitaba sumergirlo en sales de Epson. Ella estaba asustada y se negaba a meter su pie en una cubeta de agua caliente con sales, mientras todos sus hermanos estaban allí, nerviosos, observando cómo se desarrollaba esa pequeña crisis de primeros auxilios.

Tenía dos opciones: podía tomar su pie a la fuerza y mantenerlo allí durante quince minutos mientras ella gritaba, o podía probar el poder de la imitación. Pensé que si esta táctica podía ayudarme a resolver este momento tenso, también funcionaría en cualquier otra situación. Entonces, sin decir nada, me quité un zapato y el calcetín, me subí el dobladillo del pantalón y metí mi pie en la cubeta. Inmediatamente, vi cómo mis hijos, nerviosos, también pusieron un pie en la cubeta mientras reían, y mi hija con la astilla metió ambos pies adentro. El poder de la imitación superó mis expectativas.

El poder de la imitación.

Dios ha creado a los niños para que aprendan a actuar según el comportamiento que ven. Cada niño es un imitador innato, no es necesario entrenarlos para que imiten las conductas que observan, ellos lo harán automáticamente, te lo garantizo.

Un padre sabio buscará maximizar el poder de la imitación en sus hijos. Los padres tienen la tarea simple pero desafiante de modelar en sus propias vidas lo que desean ver reproducido en las vidas de sus hijos.

La imitación es uno de los caminos fundamentales en la disciplina cristiana. El libro “La imitación de Cristo”, escrito por el Beato Tomás de Kempis, describe el sentido de la vida cristiana y la disciplina: ser imitadores de Jesús.

El arma secreta para educar a los hijos: la imitación.

Como cristianos, debemos ser imitadores de Cristo.

“Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lucas 6,36).

“Sean pues santos porque yo soy Santo” (Levítico 11,45).

“Más bien, sean buenos y comprensivos unos con otros, perdonándose mutuamente, como Dios los perdonó en Cristo” (Efesios 4,32).

“Sean imitadores de Dios, como hijos amados” (Efesios 5,1).

Una de las preguntas más importantes que los padres suelen tener es: ¿cómo enseñarle a mi hijo a imitar a un Dios a quien no puede ver?

El padre terrenal debe ser un reflejo del Padre Celestial ante sus hijos. Deben vivir de tal manera que sus hijos puedan imitar su vida y, al hacerlo, crecer en semejanza a Dios.

Por lo tanto, el cambio más importante que debemos hacer en el proceso de formación de los hijos no son los niños, sino los padres. Los hijos imitarán la transformación divina de sus padres.

San Pablo podía decir a sus hijos espirituales:

“Sean imitadores de mí, así como yo lo soy de Cristo” (1 Corintios 11,1).

¿Podemos nosotros, como padres, decir lo mismo?