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¿Qué ocurrió en Belén?

¿Por qué el nacimiento de Jesús en Belén es el misterio más grande e irrepetible que adorna nuestra humanidad?

La invitación hecha por los ángeles a los pastores para que se dirigieran a Belén, así como los sucesos que rodearon esta visita, se han convertido en un tema recurrente entre poetas y compositores de villancicos y posadas. A pesar de la solemne celebración que la Iglesia realiza en honor al nacimiento del Salvador, este evento ha sido tratado con un derroche de algarabía y una chabacanería desenfrenada. Se canta sobre el amor y la paz sin comprender verdaderamente su significado ni entender la importancia de lo que se está implorando. El misterio que se celebra en dicho nacimiento es insondable e inconmensurable, y tiende a desvanecerse entre las luces y las festividades comerciales que fomentan la insensatez. El letrero latino que adorna la gruta del nacimiento dentro de la basílica de la Natividad, en Belén, proclama: “Aquí nació Jesucristo de la Virgen María”.

Lo que se lee en latín, en un lenguaje claro y sencillo, afirma que en ese lugar, en un pesebre, Dios nació de una Madre virgen llamada María, por obra del Espíritu santo. Los extremos más grandes e inconmensurables se unieron de manera indisoluble en Jesús, quien es a la vez Dios y hombre verdadero. Todo esto aconteció en la gruta helada y maloliente de Belén. Podrá interpretarse de diversas maneras, pero este suceso es un hecho irrefutable. Aunque se pueda intentar explicar el evento con elucubraciones fantásticas o mitológicas, el nacimiento de Jesús, Dios hecho hombre, sigue siendo un evento que perdurará por toda la eternidad. Este acontecimiento constituye el suceso más grande e irrepetible que enaltece a la humanidad: Dios se hizo hombre. Porque cuando Dios actúa, lo hace como quien es: como Dios. El evangelio nos advierte: “Nada hay imposible para Dios”. Si Dios actuara conforme a las capacidades humanas, ¿qué propósito tendría un Dios así? Sobran los ídolos. Solo mediante la humildad se puede alcanzar la fe, la cual ilumina el Misterio. La fe amplía e ilumina la razón. Así, el hombre debe optar entre el Absurdo o el Misterio en su vida diaria, siendo este último el que justifica nuestra condición de seres pensantes y trascendentes.

¿Por qué el Hijo de Dios eligió tomar un cuerpo como el nuestro, lleno de miserias y pecados? Precisamente para hacerlos suyos y liberarnos del peso que oprimía nuestra existencia y conciencia. El Hijo de Dios se encarnó para reconciliarnos con un Dios del que nos habíamos distanciado. Así, asumió todo lo que nos hace humanos, a excepción del pecado. Este reinaba en nosotros, hundiéndonos en la esclavitud de la que ansiábamos liberarnos, tal como lo demostraban los sacrificios “por el pecado”. Sin embargo, todas esas ofrendas estaban manchadas por el pecado. Solo Dios, por pura misericordia, pudo compadecerse de nosotros, ofreciendo a su Hijo como víctima propiciatoria, provista de un cuerpo mortal que se sacrificó por nuestros pecados en la cruz.

Desde el mismo momento de la encarnación y el nacimiento en Belén, el sacrificio del Calvario siempre estuvo presente en la vida de Jesús. Él dijo a su Padre: “No quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo…” Por voluntad divina, fuimos consagrados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre. Solo aquel que fuera solidario tanto con Dios como con el hombre podría reconciliar a la humanidad con Dios, ya que “lo que no es asumido no es redimido”. Únicamente Jesucristo pudo redimirnos, convirtiéndose así en el “Redentor del hombre”. Todo esto tuvo lugar en Belén. No se desvíe del camino correcto.

Con información de es.catholic.net