REFLEXIÓN ESPECIAL PARA HOY SÁBADO SANTO - LOS SIETE DOLORES DE MARÍA

Reflexión especial para este sábado santo - Acompañando a María en su dolor

PRIMER DOLOR: LA PROFECÍA DE SIMEÓN

 

Este primer dolor de María nos remonta a los días en que Jesús estaba recién nacido, María y José llevaron al niño al templo para presentarlo a Dios, allí se encontraron un anciano llamado Simeón a quien Dios le había prometido que no moriría sin ver al Mesías esperado. Simeón supo al instante que aquel niño era ese Mesías y tomándolo en brazos alabo a Dios por cumplir sus promesas, luego se dirigió a María y le dijo que aquel niño iba a ser el salvador de Israel y que ella sufriría mucho, ya que una espada de dolor le traspasaría el alma. Así le profetizaba a María los muchos dolores que ella tendría que soportar a causa de quien sería su Hijo.

 

Virgen María: por el dolor que sentiste cuando Simeón te anunció que una espada de dolor atravesaría tu alma, por los sufrimientos de Jesús, y ya en cierto modo te manifestó que tu participación en nuestra redención sería a base de dolor; te acompañamos en este dolor. Y, por los méritos del mismo, haz que seamos dignos hijos tuyos y sepamos imitar tus virtudes.

 

SEGUNDO DOLOR: LA HUIDA A EGIPTO

 

La profecía de Simeón había marcado el alma de María, y el cumplimiento de esta no tardó en empezar a cumplirse. Cuan grande habrá sido la angustia de María al ser despertada en medio de la noche por San José y escucharle decir que tenían que escapar, ya que el malvado Herodes venía en búsqueda de Jesús para matarlo. En la madrugada salió con su hijo y San José rumbo a Egipto para esconderse y salvar la vida del pequeño Jesús. Qué dolor tuvo que sentir el alma de María al ver que aun siendo su hijo un bebé ya querían asesinarlo. Es el mismo sufrimiento de tantas madres que sufren en la pobreza para sacar a sus hijos adelante y que no mueran por hambre o enfermedad, que María Santísima proteja a estas madres y saque adelante a todos los niños.

 

Virgen María: por el dolor que sentiste cuando tuviste que huir precipitadamente tan lejos, pasando grandes penalidades, sobre todo al ser tu Hijo tan pequeño; al poco de nacer, ya era perseguido de muerte el que precisamente había venido a traernos vida eterna; te acompañamos en este dolor. Y, por los méritos del mismo, haz que sepamos huir siempre de las tentaciones del demonio.

 

TERCER DOLOR: LA PERDIDA DE JESÚS EN EL TEMPLO

 

María y José llevan a Jesús al templo de Jerusalén para participar así de las fiestas de Pascua, pero en medio de tanta gente María no se entera de que Jesús no viene con ellos en la caravana de regreso, no era un descuido, solo pensó que Jesús venía con sus demás familiares, grande habrá sido el desespero de María cuando llegan a la casa y se entera de que Jesús no venía con ninguno de los parientes, ya podemos imaginar con cuánta urgencia regreso con San José a Jerusalén, cuántas lágrimas habrá derramado la Madre Santa durante todo el camino al saber que su hijo estaba perdido. Su corazón se calmó al encontrarlo en el templo conversando con los sabios doctores de la ley, allí comprendió que su Hijo había venido al mundo para aquello: para iluminar a los hombres. Oremos por todas las madres que sufren a causa de la desaparición de un hijo, ya sea por secuestro o cualquier motivo, que María Santísima las ayude en su dolor.

 

Virgen María: por las lágrimas que derramaste y el dolor que sentiste al perder a tu Hijo; tres días buscándolo angustiada; pensarías qué le habría podido ocurrir en una edad en que todavía dependía de tu cuidado y de San José; te acompañamos en este dolor. Y, por los méritos del mismo, haz que los jóvenes no se pierdan por malos caminos.

 

CUARTO DOLOR: MARÍA SE ENCUENTRA CON JESÚS CAMINO AL CALVARIO

 

Que angustia la de María cuando en aquella noche uno de los discípulos le comentó que habían arrestado a Jesús y lo querían condenar. Ella corrió presurosa hasta la casa del Sumo Sacerdote, pero no logró ver a su hijo, al día siguiente escuchaba como decían que a Jesús lo habían flagelado inhumanamente, dejándolo al borde de la muerte. Con su alma herida espero en el camino por el cual Jesús habría de pasar camino al Calvario y al verlo se sintió desmayar, ver a su hijo desfigurado y al borde de fallecer, no le pudo decir nada a causa del gentío y el escándalo que había, qué dolor tan grande para la Madre Bendita ver pasar a su Hijo inocente siendo tratado y golpeado como un delincuente. Oremos por todas las madres que sufren a causa de los problemas que tienen sus hijos, que María Santísima las ayude en su dolor.

 

Virgen María: por las lágrimas que derramaste y el dolor que sentiste al ver a tu Hijo cargado con la cruz, como cargado con nuestras culpas, llevando el instrumento de su propio suplicio de muerte; Él, que era creador de la vida, aceptó por nosotros sufrir este desprecio tan grande de ser condenado a muerte y precisamente muerte de cruz, después de haber sido azotado como si fuera un malhechor y, siendo verdadero Rey de reyes, coronado de espinas; ni la mejor corona del mundo hubiera sido suficiente para honrarle y ceñírsela en su frente; en cambio, le dieron lo peor del mundo clavándole las espinas en la frente y, aunque le ocasionarían un gran dolor físico, aún mayor sería el dolor espiritual por ser una burla y una humillación tan grande; sufrió y se humilló hasta lo indecible, para levantarnos a nosotros del pecado; te acompañamos en este dolor. Y, por los méritos del mismo, haz que seamos dignos vasallos de tan gran Rey y sepamos ser humildes como Él lo fue.

 

QUINTO DOLOR: LA CRUCIFIXIÓN Y MUERTE DE JESÚS

 

Meditemos en el inmenso dolor que fue para María el ver a su hijo despojado de su túnica con su cuerpo lleno de heridas y en carne viva ser colocado en el madero para aplicarle el castigo máximo. Cada martillo que golpeaba el clavo que se hundía en las manos y pies de Jesús, eran golpes en el corazón de María, escuchar a su Hijo clamando al Padre en medio de lágrimas, sufriendo este tormento, le desgarraba a ella el alma. Tres horas de angustia tuvo Jesús, tres horas en que María no se movió de allí, mirando a su Hijo abandonar la vida lentamente, y cuando su Hijo entregó su Espíritu al Padre y dejó este mundo, la Madre Bendita también pareció morir con su Hijo. Oremos por tantas madres que ven morir a sus hijos a causa de enfermedades, accidentes o asesinatos, que María Santísima las ayude en su dolor, ya que ella también padeció el sufrimiento que conlleva perder un hijo.

 

Virgen María: por las lágrimas que derramaste y el dolor que sentiste al ver la crueldad de clavar los clavos en las manos y pies de tu amadísimo Hijo, y luego al verle agonizando en la cruz; para darnos vida a nosotros, llevó su pasión hasta la muerte, y este era el momento cumbre de su pasión; Tú misma también te sentirías morir de dolor en aquel momento; te acompañamos en este dolor. Y, por los méritos del mismo, no permitas que jamás muramos por el pecado y haz que podamos recibir los frutos de la redención.

 

SEXTO DOLOR: LA LANZA QUE ATRAVESÓ EL COSTADO DE CRISTO YA MUERTO Y RECIBIR SU CUERPO BAJADO DE LA CRUZ

 

Meditemos el dolor que sufrió María al ver que su Hijo, aun después de muerto, era ultrajado y humillado cuando un soldado atravesó su costado con una lanza para comprobar que estaba muerto. La Sangre y agua que brotó del costado de Cristo debió ser un manantial de vida para los allí presentes, allí nació la Iglesia, de ese costado abierto nació la Iglesia. Pero el dolor mayor para la Madre vendría cuando descuelgan a Jesús de la Cruz y Ella lo recibe en sus brazos, su corazón se terminó de partir al tener entre sus brazos a su Hijo destruido y muerto, a su mente vendrían esas noches frías de Belén cuando arrullaba a su Hijo recién nacido, ahora lo arrullaba fallecido y torturado, no nos podemos imaginar las lágrimas de dolor que derramó María al tener a su amado Hijo muerto en sus manos. Oremos por todas aquellas madres que lloran a sus hijos muertos, que María Santísima les dé consuelo,

 

Virgen María: por las lágrimas que derramaste y el dolor que sentiste al ver la lanzada que dieron en el corazón de tu Hijo; sentirías como si la hubieran dado en tu propio corazón; el Corazón Divino, símbolo del gran amor que Jesús tuvo ya no solamente a Ti como Madre, sino también a nosotros por quienes dio la vida; y Tú, que habías tenido en tus brazos a tu Hijo sonriente y lleno de bondad, ahora te lo devuelven muerto, víctima de la maldad de algunos hombres y también víctima de nuestros pecados; te acompañamos en este dolor. Y, por los méritos del mismo, haz que sepamos amar a Jesús como Él nos amó.

 

SÉPTIMO DOLOR: LA SEPULTURA DE JESÚS

 

Aún faltaba un dolor más para el corazón de la Virgen Santa, sepultar a su Hijo querido, llevarlo hasta el sepulcro y allí depositarlo para luego ver como sellaron el sepulcro. Ella lo había depositado sobre unas pobres pajas cuando nació, ahora lo deja en una fría tumba para que tenga su última morada en esta tierra, en ese sepulcro quiso estar por amor a la humanidad, la profecía de Simeón estaba cumplida en su totalidad, una espada de dolor había destrozado por completo el corazón de María. Pero aun en su tristeza y soledad, María tiene la firme esperanza de que en tres días ese sepulcro será la prueba de la victoria de Dios, ya que su Hijo amado volverá de entre los muertos. Oremos por todas las madres que sufren al enterrar a sus hijos, enterrar a un hijo es de los peores dolores que un ser humano puede sentir, que María Santísima les dé fuerza para soportar esa prueba de la vida.

 

Virgen María: por las lágrimas que derramaste y el dolor que sentiste al enterrar a tu Hijo; El, que era creador, dueño y señor de todo el universo, era enterrado en tierra; llevó su humillación hasta el último momento; y aunque Tú supieras que al tercer día resucitaría, el trance de la muerte era real; te quitaron a Jesús por la muerte más injusta que se haya podido dar en todo el mundo en todos los siglos; siendo la suprema inocencia y la bondad infinita, fue torturado y muerto con la muerte más ignominiosa; tan caro pagó nuestro rescate por nuestros pecados; y Tú, Madre nuestra adoptiva le acompañaste en todos sus sufrimientos: y ahora te quedaste sola, llena de aflicción; te acompañamos en este dolor. Y, por los méritos del mismo, concédenos a cada uno de nosotros la gracia particular que te pedimos…


David Ramirez

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