REFLEXIÓN ESPECIAL PARA HOY DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Reflexión especial para este domingo de resurrección - La Victoria de Cristo

“No está aquí, ¡Ha resucitado!” Son las palabras del ángel a María Magdalena y la otra María, cuando estas van en el amanecer del primer día de la semana a visitar el sepulcro de Jesús. Nos llega claro el mensaje: Ni el dolor ni la muerte tienen la última palabra. Es una luz, un consuelo, un ponerse en marcha la fe para abrir camino a la esperanza. Falta nos hace tener presente este mensaje en medio de nuestro mundo de hoy, tan convulso, tan dolorido, tan necesitado.

 

Estamos  celebrando la resurrección de Cristo y nuestra resurrección. Nuestro final no es la nada, ni el sepulcro. Nuestro destino último es la ansiada plenitud de felicidad. La muerte ha sido vencida para siempre por Cristo Jesús. ¿Qué habría pasado si Jesús no hubiese resucitado? Que no habría cristianos en el mundo, que el cristianismo no existiría, que hoy en toda la tierra más de dos mil millones doscientos mil cristianos no estaríamos celebrando ni la eucaristía, ni su resurrección. Si la muerte hubiera sido superior a Jesús, todo habría concluido. Jesús hubiera sido olvidado. De su vida, su evangelio, su muerte, no habría quedado más que un amargo sabor a utopía, ingenuidad o fracaso.

 

Así de importante es la resurrección de Jesús. A Jesús hemos de verle en su realidad completa, y nunca por separado. Su vida, muerte y resurrección forman una unidad indivisible. Si Jesús murió como murió fue porque vivió de la manera que vivió, y si resucitó, fue porque vivió y murió como lo hizo, vivió y murió predicando el evangelio del amor, del amor a Dios, a los demás y a uno mismo. Por eso su Padre Dios le resucitó al tercer día. “¿Por qué buscan entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado”.

 

Jesús no se queda en su resurrección. Nos promete a todos sus seguidores que vamos a correr su misma suerte, que también nosotros vamos a resucitar. Nos regala la resurrección. “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí, aunque muera vivirá para siempre”. Y San Pablo insiste: “Si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús, Dios los resucitará con él”.

 

Jesús viene a cumplir uno de los anhelos más fuertemente arraigados en nuestro corazón: vivir siempre y que la muerte no nos pueda vencer. Pero vivir siempre no de cualquier manera, sino vivir siempre de manera totalmente feliz, sin un miligramo de dolor, de sufrimiento, de tristeza. Dios nos ha creado con ansias de eternidad, de eternidad feliz. Pero no está en nuestras manos saciar este deseo. Dándole vueltas a este anhelo de eternidad, la persona de Jesús aparece con todo su amor y todo su poder. La resurrección de Jesús es la victoria sobre la muerte. Estamos celebrando la resurrección de Jesús y nuestra resurrección, a una vida de total felicidad y para siempre.

 

Jesús ha cambiado el rumbo de la humanidad. Ha introducido en todos nosotros algo que no estaba en nuestro código genético natural. Cómo es Dios y puede, ha conseguido lo que ningún científico, ningún inventor, ningún ser humano podrá jamás conseguir. Ha sido capaz de alargar nuestra vida más allá de la muerte, para toda la eternidad y una eternidad feliz. Pero no la misma vida que vivimos en la tierra, una vida siempre limitada y amenazada por las malas noticias y los malos hechos. Nos ha conquistado esa vida que todos anhelamos vivir, una vida donde vamos a poder disfrutar de varias plenitudes: la del amor, la de la belleza, la del bien, la de la justicia, la de la fiesta… sin mezcla alguna de desamores, fealdades, males, injusticias, aburrimientos. Una vida plena de vida y de felicidad.

 

Gracias a Jesús, ni la muerte, ni el hambre, ni las guerras, ni las enfermedades, ni la crisis económica, ni el paro, ni la corrupción, ni la violencia, ni las injusticias… tienen la última palabra. Estamos existiendo no en una historia absurda, sin sentido, sino en una historia de salvación, que termina bien, que termina en la vida y no en la muerte. Al final, Jesús nos está esperando para decirnos: “Vengan benditos de mi Padre a disfrutar del reino preparado para ustedes desde toda la creación del mundo”.

 

Por eso el Papa Francisco no se cansa de repetirnos “que no les roben la esperanza”. Es decir, la esperanza, la serena certeza de que nuestra vida termina bien, que nos espera la resurrección a una vida plenamente feliz. No se vive igual con esta esperanza que sin esta esperanza.

 

Hermanos y hermanas alegrémonos en este tiempo de resurrección. De la mano de Jesús caminamos “hacia un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habrán desaparecido, y el mismo Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos, y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni dolor, porque todo esto es ya pasado”.


David Ramirez

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