Sobre el servicio de la predicación.

No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a .saludar a <br>nadie por el camino. El predicador ha de tener tanta confianza en Dios que, <br>aunque no se provea de lo necesario para la presente vida, esté sin embargo segurísimo de que nada le ha de faltar, , no ocurra que por tener la atencióncentrada en las cosas temporales, descuide de proveer a los demás lasrealidades eternas.Cuando entréis en una casa, decid primero: «Paz a esta casa». Y si allíhay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá avosotros. La paz que se ofrece por boca del predicador, o descansa en la casa,si en ella hay gente de paz, o vuelve al mismo predicador; porque o bien habráallí alguno predestinado a la vida y pondrá en práctica la palabra celestial queoye, o bien si nadie quisiere oír, el mismo predicador no quedará sin fruto,pues a él vuelve la paz, por cuanto el Señor le recompensará dándole la pagapor el trabajo realizado.Y ved cómo quien prohibió llevar ni alforja ni talega concede losnecesarios medios de subsistencia a través de la misma predicación, puesagrega: Quedaos en la misma casa, comed y bebed de lo que tengan: porqueel obrero merece su salario. Si nuestra paz es aceptada, justo es que nosquedemos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan, y asírecibamos una retribución terrena de aquellos a quienes ofrecemos lospremios de la patria celestial. De este modo, la recompensa que se recibe en lapresente vida debe estimularnos a tender con más entusiasmo a larecompensa futura. Por lo cual, un predicador ya curtido no debe predicarpara recibir la recompensa en esta tierra, sino que ha de recibir la recompensapara poder seguir predicando. Porque quien predica para recibir aquí la paga,en prestigio o en metálico, se priva indudablemente de la recompensa eterna.En cambio, quien predica buscando agradar a los hombres para atraerlos consus palabras al amor del Señor, no al suyo propio, o bien percibe unaretribución para no caer extenuado en el ministerio de la predicación a causade su pobreza, éste ciertamente recibirá su recompensa en la patria celestial,porque durante su peregrinación sólo recibió lo estrictamente necesarioY ¿qué hacemos nosotros, oh pastores, que no sólo recibimos larecompensa, sino que para colmo no somos operarios? Recibimos, ya lo creo,los frutos de la santa Iglesia para nuestro cotidiano sustento, y sin embargono nos empleamos a fondo en la predicación en beneficio de la Iglesia eterna.Pensemos cuál será la penalización subsiguiente al hecho de haber percibidoun salario sin haber llenado la jornada laboral. Mirad: nosotros vivimos de lasofrendas de los fieles; y ¿qué hacemos por las almas de losfieles? Invertimosen gastos personales lo que los fieles ofrecieron para remisión de sus pecados,y sin embargo no nos afanamos, como sería justo, en luchar, con la dedicacióna la plegaria o a la predicación, contra esos mismos pecados.

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Carlos Posso

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