DOMINGO XVIII CICLO B T-ORD

“No trabajen (no se afanen) por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la Vida Eterna y que les dará el Hijo del Hombre”.

 REFLEXION DOMINICAL

1ª Lectura (Ex 16, 2-4. 12-15)

Salmo responsorial (77)

2ª Lectura (Ef 4, 17. 20-24)

Aclamación antes del Evangelio (Mateo 4,4)

Evangelio (Jn 6, 24, 35)

Hemos oído hablar del maná en el desierto, y hasta usamos este término para significar que no debemos esperar que las cosas nos bajen del cielo, como ese alimento milagroso que fue el maná.

El pasaje de la Biblia que viene como Primera Lectura de este domingo nos narra este prodigio alimentario. (Ex. 16, 2-4 y 12-15).

Los hebreos habían sido sacados de la esclavitud a que estaban sometidos en Egipto en forma más que prodigiosa (las plagas de Egipto, la división del Mar Rojo, etc.).  Y a pesar de todas esas muestras extraordinarias de la atención divina y del poder magnificente de Dios- al encontrarse en el desierto- comenzaron a protestar.

Y a protestar en forma retadora y amarga:

 “Ojalá hubiéramos muerto a manos del Señor en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos”.

¡Qué atrevimiento!  Es cierto que protestaban a Moisés y Aarón, pero en el fondo el reclamo era contra Dios.  Y ¿qué hace Dios?

A pesar de la brutalidad del pueblo escogido, les muestra una vez más su amorosa atención y su maravilloso poder.  He aquí la respuesta que envía Dios a través de Moisés a ese pueblo desconfiado:

 “Diles de parte mía: ‘Por la tarde comerán carne y por la mañana se hartarán de pan, para que sepan que Yo soy el Señor, su Dios’”.

Imaginemos la escena: En la tarde se llenaba en campamento de codornices y todas las mañanas amanecía el suelo cubierto de una especie de capa como de nieve que servía de pan.  Dios les daba el alimento material necesario para subsistir en la travesía por el desierto.

Esa atención amorosa de Dios –en aquel momento y en la actualidad- es lo que se denomina en Teología la “Divina Providencia”. Significa que Dios nos da, no sólo el alimento, sino todo lo que verdaderamente necesitamos.  Él conoce todas nuestras necesidades mejor que nosotros mismos y verdaderamente se ocupa de ellas.

Pero podríamos preguntarnos ¿por qué, entonces, existe hambre en algunas partes del mundo? ¿Por qué ha habido y hay gobiernos opresores que no se ocupan del bien de sus pueblos?

El problema es que para ejercer su “Divina Providencia” Dios desea que los seres humanos colaboremos libremente en la realización de sus planes.  Y en esto fallamos mucho:  Unos, porque causan los males, y otros, por no tratar de aliviarlos y remediarlos.

San Agustín nos enseña que, siendo Dios infinitamente bueno y todopoderoso, no permitiría los males si no es porque es tan todopoderoso que puede sacar un bien del mal.

 

Si miramos hacia atrás, podríamos observar bienes que nos han venido de aparentes males.   O en el futuro podremos tal vez ver bienes que van a venir a raíz algún mal que estemos padeciendo.

El problema es que como la perspectiva de Dios es de eternidad, no logramos captarla bien.  Por eso es que debemos ponernos anteojos de eternidad, para poder medio vislumbrar qué es lo que Dios está pretendiendo hacer.

¿Y cuál es esa perspectiva divina?  Dios hace y maneja todo con miras a nuestra salvación eterna.   Por eso a veces nos cuesta ver cuáles son los caminos de su “Divina Providencia”.

La “Divina Providencia” es un misterio, cuya comprensión plena la tendremos cuando pasemos a la eternidad.  Será entonces cuandopodremos entender de verdad cómo fue que Dios condujo a la humanidad, inclusive a través de hambrunas, epidemias, opresiones, dificultades de todo tipo, etc. hasta su fin último que es nuestra salvación eterna.

Es más: Aunque creamos que somos nosotros quienes proveemos para nosotros mismos y para los nuestros, estamos equivocados, pues es Dios Quien nos da la capacidad que tenemos de atender nuestras necesidades.

Si fuéramos perceptivos a las gracias divinas, podríamos darnos cuenta de cómo Dios se ocupa de nosotros directamente.

Si nos fijamos bien, seguramente a lo largo de nuestra vida ha habido situaciones en las cuales Dios ha atendido nuestras necesidades más apremiantes, sin que nuestro esfuerzo y trabajo hayan sido lo determinante para lograr satisfacer tal o cual necesidad.

Sea de una manera u otra, es Dios Quien se ocupa de “nuestro pan de cada día” (Mt. 6, 11), frase que Él mismo nos enseñó a decir en el Padre Nuestro.

Los hebreos protestaron, a pesar de haber visto y vivido las maravillas que Dios hizo para salvarlos de la esclavitud de los egipcios.  Y nosotros, hombres y mujeres de hoy seguimos protestando, sin darnos cuenta del funcionamiento de la Divina Providencia.

Y seguimos protestando a pesar de que hemos conocido de esos prodigios y de muchísimos más que Dios ha hecho desde hace tanto tiempo, en aquel momento del éxodo de los israelitas del país de Egipto hace unos 3 1/2 milenios (3.400 años), hasta nuestros días.

Al antiguo pueblo de Israel, Yavé tenía que domarlo, enseñarlo, entrenarlo, pues era de “dura cerviz” (Ex. 32, 9 y 33, 3).  Era un pueblo primitivo, indómito, terco, inculto, rudo.  Pero nosotros ya hemos conocido la salvación que Cristo nos vino a traer, ya hemos conocido el don de Dios.  “Si conocieras el don de Dios” (Jn. 4, 10), dijo Jesús a la Samaritana.  ¡Ya nosotros lo conocemos!  Ya conocemos la Gracia Divina, la Vida de Dios que Cristo nos consiguió al redimirnos.

Con razón San Pablo nos alerta en la Segunda Lectura (Ef. 4, 17 y 20-24), que no debemos vivir como los paganos, con criterios vanos.  Porque, si ya nosotros conocemos a Cristo, si ya Él nos ha enseñado a dejar el viejo modo de vivir, “ese viejo yo, corrompido por deseos de placer”, si ya sabemos que Dios se ocupa de nosotros… ¡cómo es que aún protestamos a Dios en cuanto nos llega cualquier dificultad!

Lamentarnos de cómo Dios dispone su Divina Providencia es un ejemplo elocuente de eso que reprocha San Pablo de vivir según el antiguo “yo” y de tener criterios vacíos, pues al pensar así estamos olvidando la atención cuidadosa y amorosa de Dios en nuestro diario vivir y también las muchas intervenciones extraordinarias que ha hecho a lo largo de nuestra vida y a lo largo de toda la historia de la humanidad.

Andamos pendiente solamente o principalmente de la atención de Dios con respecto de los bienes materiales, sean estos verdaderamente necesarios o sean también innecesarios.

Estamos como los israelitas que buscaban a Jesús después del milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, escena que nos trae el Evangelio de hoy (Jn. 6, 24-35).

Podría tal vez caernos el reproche del Señor:  “Me buscan porque comieron de aquel pan hasta saciarse”.  ¿Cuántos son los que buscan a Dios por lo que Dios es y merece?  Por otro lado, ¿cuántos son los que lo buscan por lo que creen merecer ellos?  ¿No son los más aquéllos que buscan a Dios por cuestiones materiales, por ventajas temporales?

Santa Teresa de Jesús bien habla de que debemos buscar, no los dones del Señor, sino buscar al Señor de los dones.

Y Jesús es claro en este Evangelio: “No trabajen (no se afanen) por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la Vida Eterna y que les dará el Hijo del Hombre”.

Así pues, ese alimento diario, que pedimos en el Padre Nuestro y que Dios nos proporciona a través de su Divina Providencia, no es sólo el pan material, sino también -muy especialmente- el Pan Espiritual.  Los hebreos se alimentaron del maná en el desierto.  Era un pan que bajaba del cielo, pero era un pan material.

Sin embargo, nosotros tenemos un “Pan” mucho más especial que “ha bajado del Cielo y da la Vida al mundo”.  Ese Pan espiritual es Jesucristo mismo, Quien nos enseñó a pedir “nuestro pan de cada día”.  Él es ese Pan Vivo que bajó del Cielo para traernos Vida Eterna. 

Pero para ello es necesario, antes que nada, practicar bien el consejo de Cristo en este pasaje: “La obra de Dios consiste en que crean en Aquél que Él ha enviado”.

Nos habla Jesús de la Fe, de la Fe en Él como Dios y de la Fe en todo lo que Él nos propone y nos pide.  Una de estas proposiciones es la que Él anuncia en este pasaje evangélico:  es la fe de su presencia viva en ese Pan del Cielo que es el Sacramento de la Sagrada Eucaristía, proposición que fue causa de escándalo para los que le seguían, como veremos en las Lecturas de los domingos sucesivos.

Por fe respondemos a Cristo “así es” o “amén” a todo lo que Él nos dice, aunque nuestros ojos vean otra cosa:  Es un trocito de pan, una pequeña oblea que sabe harina de trigo, pero es Dios mismo.

Cristo se nos da en alimento, y unirse a Él en la Sagrada Comunión es –antes que nada- aceptar la Verdad, inclinando nuestro entendimiento ante su Palabra, que nos dice:

 “Yo soy el Pan de la Vida.  El que viene a Mí, no tendrá hambre y el que crea en Mí nunca tendrá sed”.

No nos quedemos pendientes solamente del alimento material.  El pan material es necesario para la vida del cuerpo, pero el Pan Espiritual es indispensable para la vida del alma.  Dios nos provee ambos.

Dios ha dispuesto que el pan material, el cual carece de vida, nos mantenga y conserve la vida del cuerpo.  Y también ha dispuesto para nosotros ese otro Pan Espiritual que es la Vida misma, pues es Cristo con todo su ser de Hombre y todo su Ser de Dios.

¡Cómo será la Vida que ese Pan Divino puede comunicar a nuestra alma!  ¡Qué prodigio que la Vida misma pueda ser comida, pueda ser nuestro alimento espiritual!  Quien lo recibe –si lo recibe dignamente- recibe la Vida de Dios misma.

“¡Cuán admirable será la vida del alma en nosotros, que comemos un Pan Vivo, que comemos la Vida misma en la Mesa del Dios Vivo!  ¿Quién jamás oyó semejante prodigio, que la Vida pudiera ser comida?  Sólo Jesús puede darnos tal manjar.  Es Vida por naturaleza; quien le come, come la Vida.  Por eso el Sacerdote, al dar la Comunión dice a cada uno: ‘¡El Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo guarde tu alma para la Vida Eterna!’ (*) (San Columba Marmion en Jesucristo, Vida del alma, 1917).

 (*) Nota:   Estas  son las palabras  que   se usan para dar la Comunión en el Rito Extraordinario de la Misa.

 

 

 


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