No ser sordo ni mudo

Meditación de la palabra dominical – Domingo XXIII del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Del libro de Isaias 35,4-7a

Del libro de los salmos 145,7.8-9a.9bc-10

De la epístola del Apóstol Santiago 2,1-5

Del evangelio de San Marcos 7,31-37

Meditación de la palabra dominical – Domingo XXIII del Tiempo Ordinario – Ciclo B

Del libro de Isaias 35,4-7a

Del libro de los salmos 145,7.8-9a.9bc-10

De la epístola del Apóstol Santiago 2,1-5

Del evangelio de San Marcos 7,31-37

En las lecturas de hoy podemos ver una realidad que nunca podemos olvidar: Dios viene a salvarnos, a sanar nuestras deficiencias.

El Señor sana nuestras enfermedades físicas, eso no podemos dudarlo, pero el silencio cuando hay que hablar, y la sordera cuando hay que escuchar, son verdaderas patologías del alma, ¡y cuantos de nosotros padecemos de sordera y trabas en la lengua!

Pero el Señor viene a abrir nuestros oídos y soltarnos la lengua. Cuan necesario es que hoy en día nos demos cuenta de que muchas veces estamos sordos para la escucha, y ciegos para darnos cuenta de lo que está ocurriendo en el mundo y en la Iglesia. Nuestro excesivo silencio es una de las causas de las crisis actuales, y no pocas veces, occidente se pudre por guardar silencio. Por eso se nos dice: “Decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis” ¿Pues no hemos sido muchas veces cobardes para proclamar la Palabra de Dios?, ¿miedosos para manifestarle a los que nos rodean un estilo de vida que encarna el evangelio? Pues he aquí que viene nuestro Salvador, y su entrada es inminente, a abrirnos los oídos para escuchar el clamor de este mundo herido por la maldad, y a abrirnos los labios para profetizar a nuestros pueblos malheridos.

A los dominicos, nuestro padre Domingo de Guzmán nos ha enseñado que el principal componente de la predicación es la escucha, pues en la escucha descubrimos la realidad que envuelve a nuestro prójimo, intentamos comprender el porqué de su aversión o indiferencia a Dios, y así podemos reunir material valioso para hacer una santa predicación que se configura a la realidad del otro y llega a ser eficaz. Nuestro Señor Jesucristo le predicó a sus contemporáneos después de escuchar pacientemente los clamores de su pueblo, por eso sabía que con parábolas podía transmitir los misterios del reino; por lo tanto, debemos saber callar para escuchar, y no ser sordos cuando es pertinente dejarse curar la sordera por el Señor.

Por otro lado, hemos recibido la función profética de Cristo el día de nuestro bautismo. Como profetas de la nueva alianza, no podemos cerrar los labios cuando es necesario sacarle en cara los pecados al mundo, tampoco cuando nosotros, como Iglesia, cometemos errores que perjudican el avance de la santa predicación. Es necesario invitar a los demás a vivir el evangelio, pues este es el único camino que lleva a los hombres hacia su plena realización. Pero es imperativo vivir lo que predicamos, pues de lo contrario, no suscitaremos interés alguno en nuestros contemporáneos secularizados e indiferentes a la gracia. “Sólo habla de Cristo cuando te pregunten por él, pero vive de tal manera que te pregunten por él”; en efecto, sin el ejemplo no podremos arrastrar a los hombres, y la persuasión de las palabras no será eficaz. Pero luego de que llamemos la atención debemos estar debidamente dispuestos a hablar de Cristo sin titubeos y dejar de ser mudos cuando es necesario hablar.

Dejemos que Cristo nos abra los labios y sane nuestra sordera, pues la propagación del Reino de Dios depende de que estemos debidamente sanos en el alma, sólo así seremos buenos lápices en las manos de Dios con las que el escribe sus cartas de amor para la humanidad.



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Carlos Ventura O. P.

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